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OPINION

El relato imprescindible para avanzar con las decisiones

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El relato imprescindible para avanzar con las decisiones
 
Cuando la política apela al resentimiento
 
Todas las miradas están puestas en las medidas que se vienen tomando a nivel gubernamental pero también en el modo en que estas se comunican. El contenido de ese mensaje es clave para sesgar a la ciudadana.
 
Hace tiempo que los especialistas saben que ya no solo se trata de decidir con criterio e inteligencia, sino que además importa comunicar adecuadamente y conseguir que la sociedad respalde los procesos políticos.
 
En momentos tan complejos como los actuales este asunto toma mayor trascendencia dada la delicada situación económica, social e institucional que el país atraviesa, por lo que vale la pena detenerse en este tópico.
 
Los primeros días de gestión han estado plagados de elucubraciones respecto de lo que se hará o se dejará de hacer. La polémica ha girado en torno a lo instrumental y a sus eventuales impactos en la economía.
 
Según el prisma con el que los observadores abordan la cuestión abundan las críticas despiadadas y los malos augurios o el optimismo lineal de quienes entienden que las consecuencias positivas son muy evidentes.
 
La realidad quedará plasmada relativamente pronto. Ocurrirá esto cuando se agote lo recurrentemente discursivo y sea entonces el tiempo de evaluar solamente los crudos resultados y no solo las grandilocuentes intenciones.
 
Pero existe una arista, habitualmente minimizada, que amerita ser analizada con detenimiento porque detrás de ella se encuentran no solo muchas explicaciones, sino porque es el síntoma de una enfermedad social crónica que se viene convirtiendo en una restricción y un eterno karma.
 
Cierta peligrosa perspectiva de clase se oculta en cada consigna y bajo ese paradigma todo pasa entonces por definir que sector de la comunidad debe aportar mas y hacia quienes se deben direccionar los recursos públicos.
 
Esta perversa idea de la redistribución permanente invita invariablemente a razonar con una lógica tan retorcida como ineficaz en la que solo se discute cuanto y como arrebatarles a unos para asignarles lo detraído a otros.
 
Se ha naturalizado tanto este delirio que por instantes todos quedan atrapados en el mismo juego y el debate se concentra solo en los mecanismos y herramientas utilizados para el saqueo institucionalizado.
 
Han sido muy astutos los constructores de esta dinámica al conseguir semejante manipulación cívica que los ha dejado entrampados en un esquema en el que solo está permitido objetar o aplaudir medidas según una opinable y circunstancial eficiencia en la implementación.
Lo preocupante es que esta forma de ver el mundo se apoya en una óptica repleta de resentimientos en la que ciertas personas atribuyen su fracaso al éxito ajeno. Sienten que a ellos no les va bien porque alguien les ha robado lo que les corresponde apropiándose de sus supuestas oportunidades.
 
Así las cosas, para quienes tienen esa visión, los gobiernos deben esforzarse por cumplir con esa impostergable misión de hacer justicia y devolverles aquello que consideran que les fue quitado inapropiadamente.
 
Esa ideología que considera que los pobres son el emergente de un premeditado plan en el que los ricos los han sometido solo reclaman revancha y pugnan por una venganza. Esperan mansamente que su crecimiento provenga de la mano de esa restauración y no de su accionar.
 
Ellos están convencidos de que la salida es castigar a los que más tienen y prorratear eso entre los que disponen menos. La solidaridad disfrazada de imposición moral aparece como el elemento condicionante para hacer sentir a los que triunfaron con esfuerzo, culpables de su propia evolución.
 
Esa cultura que subyace por debajo de la superficie es la que posibilita la llegada al poder de los épicos “distribuidores”. Ganan elecciones con estas frases simplonas porque la democracia matemática los acompaña y avala.
 
Ellos han sido victoriosos a la hora de establecer sus paradigmas ese en el que siempre habrá mucha gente dispuesta a quedarse con lo que no ha producido de modo alguno y esas otras minorías solo podrán resignarse.
 
Esto funciona por mucho tiempo y solo desaparece cuando los que generan riqueza toman conciencia de la imposibilidad de salir de este círculo vicioso y deciden dejar de esmerarse o huir del país buscando nuevos horizontes.
 
Alimentar el odio, edificar grietas, estigmatizar bandos, es la parte central de esa cruel estrategia, en la que los únicos ganadores posibles son los políticos que se aprovechan de los incautos para su propio rédito personal.
 
No tiene demasiada relevancia saber si los que traman esta ingeniería que manosea cerebros cree férreamente en eso o lo hace solo por ausencia de escrúpulos y exceso de pragmatismo sin ética. Después de todo eso sería anecdótico y absolutamente secundario ya que lo importante es que sucede.
 
En esa canallada generalizada digna del repudio de muchos, aparece un agravante que se configura al recurrir a los envidiosos y rencorosos como propulsores y defensores de estos disparates que le dan sustento político a las normas que esquilman a unos para repartir a otros.
 
No se podrían llevar a cabo estas tropelías si no fuera porque una gigantesca mayoría comulga con esa percepción de que la culpa de sus padecimientos es de los que tienen y se exculpa entonces automáticamente desconociendo sus propios errores y su alevosa influencia.
 
Es difícil saber como salir de esta trampa en el que los pícaros de la política han metido a todos. Si no se reflexiona sobre esto y se cambia el chip mental, es poco probable que se pueda escapar de este triste derrotero.
 
 
 
Alberto Medina Méndez
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