Erika vivió un horror en silencio: fue abusada en un hogar de discapacitados y su familia busca justicia

Su embarazo fue detectado recién en la semana 16. Ella vive en silla de ruedas y no tiene lenguaje. Tuvo que abortar y está preservado el ADN, pero no se hicieron cotejos para dar con el violador. Erika tiene 34 años y vive con síndrome de Landau Kleffner y distrofia muscular de Duchenne. La traducción para quienes no estamos avezados en las terminologías de la discapacidad es que Erika está en silla de ruedas con severas limitaciones físicas y mentales: no tiene lenguaje y no puede contarnos lo que le pasó. Pero su cuerpo dio señales -más que señales, pruebas concretas- y su familia reclama que sean escuchadas.
El 1° de junio, Clara Martínez recibió una llamada del Hogar Proyecto de Vida de La Reja, en el partido bonaerense de Moreno, donde Erika llevaba 15 años internada. Le dijeron que tenía que presentarse porque pasaba algo grave con su hija. Clara imaginó cualquier cosa menos la realidad: Erika estaba embarazada.
No hay dudas: se trata de un abuso. Erika no tiene capacidad de consentimiento. Tampoco hay dudas: ocurrió dentro del hogar. “En su momento la tuvimos que internar porque requería atención las 24 horas. Al principio la traíamos a casa los fines de semana, después nos restringimos a algunas salidas por la zona y hace tiempo que su salud no nos permite sacarla a ningún lado”, explica Clara. Pero el hogar sigue funcionando como si no hubiera pasado nada.
Horror en silencio
“Los médicos me habían dicho que no iba a llegar a los 18 años y ya cumplió 34″, recuerda Clara. Este cumpleaños fue distinto. “Erika estaba distinta, con la cara muy brotada, caída”, recuerda su hermano Marcos. Él nació cuando la enfermedad de su hermana ya había progresado y siempre se han comunicado con tacto y miradas. “Ese día le fui a dar un beso y ella me corrió la cara. Me empujaba con fuerza. Yo le acariciaba la pierna y ella me sacaba la mano”, detalla. “Parecía que se estaba dejando morir”, resume su mamá. Veinte días después llegó la noticia del embarazo: el hogar había hecho un test de farmacia y confirmado con ecografía. Erika cursaba la semana 16.
“En el camino a verla yo no podía dejar de pensar primero si son 16 semanas, ¿cómo nadie se dio cuenta antes? Un montón de señales da un embarazo. Cuando nosotros íbamos a verla ella estaba sentada en silla de ruedas, entonces abrigada nunca hubiera visto si su abdomen estaba abultado. Pienso en las veces que pudo haber soportado un abuso. Es el día de hoy que no me lo puedo sacar de la cabeza”, asegura Clara.
La salud de Erika no dejaba alternativas: había que interrumpir el embarazo. “Ni siquiera sé cómo llegó viva al cuarto mes. Por su distrofia ella no puede recibir anestesia. A veces incluso le cuesta sostener el tronco”, explica su mamá. Las recibieron en la maternidad Estela de Carlotto y las derivaron al Hospital Posadas. El aborto se concretó seis días después y fue un procedimiento mucho más complejo que el que se hubiera hecho en las primeras semanas de gestación.
“Después de la interrupción del embarazo ella empezó a mejorar. Me agarraba la mano y me la apoyaba en su vientre, pero no sabemos a qué se refería”, explica su mamá. “No sabemos hasta qué punto ella entendió lo que sucedió pero sí que vivió un horror en silencio porque no pudo hablar”, dice Marcos.
Sin respuestas y sin reactivos para el ADN
“No tengo ningún interés”, respondió la directora del Hogar Proyecto de Vida, Beatriz Pandiella, ante la consulta de este medio. Luego mandó a decir que esperaba que hablara la Justicia. Recién el martes 19 (más de un mes y medio después de conocer el embarazo), la Agencia Nacional de Discapacidad llegó al predio de Moreno para una auditoría. La Fiscalía a cargo de la investigación no quiso hacer ningún comentario para esta nota.
Clara denunció el abuso a su hija contra el consejo de la directora del Hogar. “Me dijeron que quizás era conveniente no denunciar por si demoraban la interrupción del embarazo”, recuerda. Las médicas de la maternidad le aseguraron que no sólo era así sino que ellas mismas estaban obligadas a hacer la denuncia. Clara se presentó en la comisaría de la mujer de Moreno en nombre de Erika. “Se dictó un oficio que llegó al hospital para preservar el feto y me consta que fue custodiado, pasa que ahora hay que hacer el cotejo con el personal masculino y con los pacientes masculinos”, explica.
Debería ser un caso simple pero no avanza. “Aparentemente no hay reactivos en la provincia o por lo menos en este partido. O sea, no tomaron muestras de ADN, sí se pidió un listado del personal masculino y de los pacientes”, dice Clara. Es toda la información que tiene.
Nadie fue separado de su cargo. El Hogar sigue funcionando sin cambios y a Marcos y Clara ni siquiera les consta que los familiares de otros pacientes hayan sido informados del caso.
Demora inexplicable
Después del aborto, después del abuso, después de la negligencia en el cuidado, Erika igual tuvo que volver al Hogar Proyecto de Vida: es el designado por su obra social y requirieron dos días más para trasladarla a un nuevo destino. “Ella estaba negada a entrar, no quería. Así que yo me llevé un bolsito y me quedé con ella”, cuenta Clara.
-¿En algún momento cuando estabas ahí pensabas que también estaba el abusador?
Clara: Lo pensaba permanentemente. No podía dejar de pensar eso y yo creo que mi actitud también lo demostraba. Yo decía en algún momento en algún lugar, fue una de estas personas. Uno no quiere, pero empieza a mirar a todos de otra forma.
Marcos: Nos llegaron a decir que podía haber sido otro paciente mientras una enfermera se hacía un té.
Clara: Si fue otro paciente quiere decir que fueron dos los pacientes que estaban descuidados. No pueden dejarlos solos porque pueden tener convulsiones o lastimarse.
Marcos: No sé si es imposible, pero es muy difícil que haya sido un paciente. Hablamos de que Erika no retiene los esfínteres, o sea que usa pañales las 24 horas del día. Tiene que ser muy habilidoso para sacarle el pañal, hacer lo que hace y además en un solo intento no va a tener tanta puntería. Esto tiene que venir hace rato…
La voz de Erika
Erika lleva un mes en otro hogar de cuidados permanentes. Su familia dice que volvió a sonreír, a comer y a hacer un gesto con las manos que ellos reconocen: significa que está feliz. “Yo no. Yo soy otra mujer”, dice su mamá. Marcos es el único de sus hijos que vive en Buenos Aires y empuja una causa judicial que parece no querer moverse. “Es como si no hubiera pasado nada”, reclama.
Clara pide lo que su hija no puede: “Erika no tiene lenguaje, pero sí ha sufrido. Aunque no tenga voz, nadie la va a poder callar. No habrá nada en el mundo que me haga callar. Lo que quiero para Erika es saber quién es el responsable o los responsables de que esto haya pasado. Aunque ella no se entere nunca”.
TN.-